Artículos, crónicas, reseñas, prólogos y otros textos.
Aquí te presento una serie de textos misceláneos, como artículos, crónicas, prólogos, y comentarios generales, muchos de los cuales no están publicados o fueron publicados en libros o capítulos de libros.
- Jirones de vida.
- Como cocinar sirenas.
JIRONES DE VIDA
Alfredo T. Ortega
Es un deber que enaltece, como las buenas obras, iniciar mi comentario con un sincero agradecimiento. Y siguiendo un orden cronológico, en orden de aparición, primeramente, a Tere, mi compañera amada, por soportar con estoicismo mis extravagancias. Después a todos los amigos que han seguido estas ficciones en las llamadas “redes sociales”, con una perseverancia digna de mejores causas. En seguida a quienes hicieron posible esta antología que destila lo aparecido en el bendito internet; mi muy querido maestro Felipe Garrido, la generosa complicidad de Mónica Lavín, cuyas letras brillan con luz propia, y por supuesto Sayri Karp, el hada madrina de las publicaciones universitarias, y las generosas ilustraciones de Elena Guerrero. Y a quienes hicieron posible la magia de esta velada maravillosa; nuestro presidente, maestro y ahora doctor, Adalberto Ortega Solís, a la Junta directiva que me ha cobijado, a mi querido capítulo Costa Sur, y a la hacedora de los milagros, nuestra querida Rosy. De manera muy particular quiero reconocer y agradecer a mi muy querida Carmen Villoro, cuya incurable generosidad sólo es opacada por el tamaño y la calidad de su obra literaria. Y debo aclarar que esta complicidad maravillosa se remonta a unos años atrás, cuando en una feria del libro Carmen prologó un pequeño cuento titulado “Fantasmas para Marifer”, dedicado a mi pequeña hija, que ahora está a punto de hacerme abuelo, y cabe señalar, que su portada fue hermosamente ilustrada con un portentoso óleo de nuestra siempre bien querida Margarita Pointelín. ¿Cómo podría alguien no agradecer la dicha de estar aquí, en nuestra casa sede, con la presencia permanente del tan querido Juan Toscano García de Quevedo, con tantas felices complicidades? Y, sin más añadir, paso a comentar estos mis jirones:
Entre las atracciones que el Carnaval trae a Autlán cada febrero, una no menor es la feria y sus juegos mecánicos, que se instalan en un gran lote baldío ubicado a espaldas de mi casa, colindando con su barda trasera. Desde la ventana de mi estudio puedo ver cada noche las alucinantes luces giratorias de la rueda de la fortuna, el amplio péndulo del martillo giratorio, escuchar los mareados gritos de niños y grandes en el remolino, el barco vikingo y toda suerte de artefactos metálicos profusamente iluminados para regocijo del público que asiste a liberar las angustias y tensiones de la posmoderna vida cotidiana. Nada habría de particular en esta feria de provincias, con su magia de pacotilla y oropel, como las que habitan mis memorias de infancia a orillas del río Papaloapan, en mi natal Veracruz. Pero nadie advierte la tragedia que subyace bajo la fiesta.
Desde la atalaya de mi ventana la realidad se mira de distinta manera. El ancho llano en mitad de la urbe no es un baldío, es el páramo. Y, según narran a retazos mis jirones, conecta mi casa, y mi existencia, con la tierra, diosa y madre milenaria. Allí viven los caballos, mis caballos a pesar de ser ajenos, apacentando las tiernas hierbas del verano, allí corren en círculos levantando polvaredas en las calurosas tardes del estiaje. Allí la yegua baya amamanta paciente a su potrillo negro, el de la estrella en la frente. Allí también se suceden cotidianamente el revuelo de los pájaros y las carreras de los lagartos, se asolea en una rama la iguana grande, la tenaz higuerilla medra en manchones, compitiendo con las campánulas amarillas. Y mi golondrina llega de lejanas tierras, a pararse en el postecito frente a mi ventana, para contarme sus cuitas y escuchar las mías, para hilar las crónicas de lejanas tierras, mientras desde la cima del cerrito la capilla de la virgen eleva los mortales ruegos hacia el cielo impasible. Así es el páramo, cada día del año, hasta que las feroces máquinas de la ambición humana y los anhelos de festejos mecanizados vienen a arrasar con mi pequeño mundo, despojándome de una vital certeza. La vorágine civilizada devora el rústico espacio que conecta a la naturaleza milenaria con mi alma atormentada. Más trágico aún es que nadie se entera de esta terrible y absurda historia, salvo en pequeñas hilachas de instantáneos textos, es decir, en mis jirones, de los que quizás los lectores más avezados lograrán reconstruir lo mucho que falta por contar del drama de mi páramo y las anuales ferias pueblerinas.
En un universo distante, en las mil millas que transcurren al pasar la página, mi subconsciente, no yo, se despierta en el centro de un sueño recurrente, en alguna esquina de una ciudad ignota, entre calles que no conozco, avenidas y parques que nunca vi, a pesar de haberlas recorrido con anterioridad. En realidad, son dos ciudades distintas, como ambos sueños lo son; A una, regreso durante un largo viaje por el mapa nacional y sus muchas carreteras, que me obliga a atravesar dicha ciudad, entrando por su lado norte y buscando inútilmente la salida por su extremo sur, siempre es así, no sé por qué. Pero, por más vueltas que doy, mientras el tiempo del sueño se encoge y se expande, no logro salir del urbano mapa para continuar mi viaje carretero, del que nunca sé el destino final. En la otra ciudad la aventura es urbana, soy consciente, hasta donde el sueño lo permite, de encontrarme en un extremo desconocido de una ciudad que habito. El ambiente es hostil, se hace la noche y no logro saber el rumbo que debo emprender para volver a mi barrio, a la porción de ciudad a la que pertenezco. Apenas alcanzo a transmitir, en cada jirón, una migaja de la angustia que ambos sueños, o ambas ciudades, me generan, y cada vez que vuelvo a ellas tengo una sola y única certeza; que no es la primera vez que he estado allí.
Muchos otros sueños, aún más extravagantes, han conformado la materia primigenia que dio origen a mis jirones; peces voladores, ángeles, libélulas, el escarabajo de Kafka, el silbato de un tren lejano y otras criaturas fantásticas. Despertar y correr a la libreta para anotar los restos del nocturno naufragio, reteniendo en la fragilidad de la memoria alguna imagen, una voz, unas cuantas palabras, y a partir de sus hilos hilvanar una escena, un microrrelato, el apunte de un cuento o la sugerencia de un tema para una novela, como tan atinadamente sugiere Mónica Lavín en su comentario inicial a este precioso libro.
Una vuelta de tuerca más, como nos enseñó Henri James. Asumiendo con valentía mi condición de prófugo del siglo pasado, me siento un añoso extranjero de la era digital, casi tan paria como un analfabeta. Desde una prudente distancia observo las vertiginosas turbulencias de la sociedad tecnologizada. Al grado de sorprenderme con la nueva postura de la gente en las calles y avenidas, su caminar con la cabeza inclinada, como para recibir una bendición, sin ver la realidad que les rodea y contiene, la mirada hundida en la pantalla surrealista del celular. Atrás quedaron verdades absolutas y certidumbres, este nuevo mundo se alimenta de lo incierto, que viene en empaques desechables y en imágenes que caducan aún antes de proyectarse en millones de pantallas. Se consume vorazmente lo que acaba de ser creado, y al instante se desecha, en una sociedad que dedica catorce horas al día para fabricar crisis existenciales, y otras tantas para recetar paliativos para soportarlas. La vida se ha tornado en un videojuego digital y se mueve a tal velocidad, que yo quedo aniquilado antes de apretar el primer botón. Pero una vez eliminado del juego, puedo sentarme en el mullido sofá y disfrutar del esquizofrénico espectáculo. De estas marginales contemplaciones se alimentan también mis jirones. De hecho, debo confesar que recién he descubierto un preocupante paralelismo entre mis viñetas verbales y los videos instantáneos que inundan cada día las llamadas redes sociales. Videos fugaces, casi fotografías en movimiento, que algo cuentan sin llegar a hilar una historia, instantes que alguien atrapó al otro lado del planeta, y que, en cuestión de segundos, se proyectan en la pantalla que algún dios menor nos ha asignado como una segunda personalidad. Así mis jirones, al amparo de la palabra milenaria, esbozan historias que no alcanzan a ser, como las muestras de un catálogo desconocido, y tratan de contar, sin llegar a lograrlo, las muchas dimensiones que se pliegan para formar el alma, la de ustedes y la mía, en este caleidoscopio, esta linterna mágica que se ha hilado a sí misma tomándome por su amanuense, para contar a su peculiar manera la historia de las historias que se han compuesto desde que el mundo es mundo.
Todo esto, y mucho más, contienen los pequeños textos, las microficciones que han sido reunidas en este pequeño volumen tan atinadamente bautizado por Felipe Garrido como Jirones, y tan bellamente ilustrado. Que eso son, al final de todo, como los muchos capítulos de mi existencia; retazos, hilachas, jirones de un tapiz que el viento, el polvo y el tiempo se encargaron de rasgar, de hacer añicos, de manera que apenas logramos rescatar, entre el universo de las historias posibles, los restos del naufragio existencial. Pero a final de cuentas es un ejercicio de libertad intelectual, y al mismo tiempo, de rigor lingüístico, un exprimir las palabras para sacar de ellas nuevos significados.
ALFREDO T. ORTEGA
CÓMO COCINAR SIRENAS
Elija dos ninfas tiernas, muy muy tiernas, de preferencia ondinas. En la marmita vieja y despostillada de la abuela, vierta quinientas noches de leche materna y entíbiela en el fogón, cuidando de no llegar al hervor. Agregue a partes iguales ternura y desvelo, y agite con cuchara de madera hasta alcanzar una mezcla uniforme. En una sartén aparte prepare una salsa picada a base de abdómenes henchidos, venas inflamadas, pataditas en el vientre, primeras sonrisas y lágrimas maternas. Añada sal, pimienta y respeto, recuerde que durante milenios esta atribución femenina se ha mantenido imperturbada. Acto seguido incorpore ambos guisos y ríndalos hasta alcanzar la consistencia deseada. Antes de sumergirlas en la marmita, bañe a las pequeñas ninfas en agua de rosas, cuidando de no salpicar sus tiernos ojos. Déjelas nadar libremente en el enriquecido caldo pectoral de sus madres, y espere con infinita paciencia. Cuando al fin estén listas, colóquelas cuidadosamente en una fuente de porcelana adornada de flores, y preséntelas a la abuela. No hará falta picar cebollas, las lágrimas correrán a mares.