Elija dos ninfas tiernas, muy muy tiernas, de preferencia ondinas. En la marmita vieja y despostillada de la abuela, vierta quinientas noches de leche materna y entíbiela en el fogón, cuidando de no llegar al hervor. Agregue a partes iguales ternura y desvelo, y agite con cuchara de madera hasta alcanzar una mezcla uniforme. En una sartén aparte prepare una salsa picada a base de abdómenes henchidos, venas inflamadas, pataditas en el vientre, primeras sonrisas y lágrimas maternas. Añada sal, pimienta y respeto, recuerde que durante milenios esta atribución femenina se ha mantenido imperturbada. Acto seguido incorpore ambos guisos y ríndalos hasta alcanzar la consistencia deseada. Antes de sumergirlas en la marmita, bañe a las pequeñas ninfas en agua de rosas, cuidando de no salpicar sus tiernos ojos. Déjelas nadar libremente en el enriquecido caldo pectoral de sus madres, y espere con infinita paciencia. Cuando al fin estén listas, colóquelas cuidadosamente en una fuente de porcelana adornada de flores, y preséntelas a la abuela. No hará falta picar cebollas, las lágrimas correrán a mares.

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